.
.Yo, invisible, casi casi invisible, lo único que se ve de mi, son estos, mis pies amarillos California, mientras te espero en la parada del colectivo. Árbol grande, sombra grande, que el sol no moleste acá mientras el semaforo esta en rojo, pero no puedo moverme. Ni yo ni el árbol, porque el zorro esta clavándome los ojos y si muevo un dedo aunque sea, multa, para vos y para mi. Serán 50 pesos si miro a la señora con los niños y la bolsa, pero si miro más, quizás hasta un día encerrado. Aunque no sabe lo que miro, porque solo se ven mis pies amarillos de sol, yo lo siento encima. Y el semáforo que no cambia, el de enfrente sí y pasa muchas veces el colectivo que tiene que venir, pero de la mano en la que estoy yo, agarrado como un niño asustado, no parece venir. entonces doy vueltas el sombrero con las manos, me divierto sacando algunos conejos y me creo una especie de mago, para mi mismo porque la señora se durmió y ahora tampoco me puede ver. Doy vueltas frenéticas en círculos, pequeños, por los ojos del zorro y puedo estirarme un poco y tocar algunas hojas del árbol que te decía, con una sombra grande y unos pájaros cantando porque ya el sol esta a media tarde.
.Quién sabe que hora será, pero el zorro empieza a bostezar y la señora ya se levantó y se fue, porque parece que lo que ella espera, viene también en el colectivo donde estas vos.
.En fin, estoy harto de estar parado y nadie me dice que hacer, y me doy vuelta y resulta que hay otro semáforo, si otro en rojo. Y los autos doblan, todos con paso a la izquierda, a la derecha, pero lo único que veo es una luz roja intensa que ahora me marca la noche, y también la posición del zorro que cuando puede y por el reflejo de la luna, ve la transparencia de mi invisibilidad, y sabe donde estoy.
.Ya muy de noche, pero espero acá y veo luces azules y parece que es tu colectivo, y parece que vos venís y te veo arriba, muy arriba, vestida de ángel. El semáforo no funciona, el zorro esta dormido, y no soy más invisible, estoy despierto, horrorosamente, esperando otra vez, pero de la mano de enfrente, la que, agarrado como un niño, todavía no suelto y con la otra, saca las monedas para que vuelvas a irte.